jueves, 20 de enero de 2011
Querida enemiga

Desde las frías estancias salían los quejidos de los soldados heridos.
Solamente había un médico, que a cada momento lanzaba maldiciones mientras iba de un camastro a otro acompañado por unas enfermeras con el uniforme manchado de sangre y los brazos desnudos, porque las mangas habían sido usadas para hacer vendas.
Dos camilleros hablaban y fumaban impasibles en el pasillo del improvisado hospital, esperando que llegasen más heridos del frente occidental o que les avisasen para retirar otro cadáver.
Un sacerdote sentado en una cama junto a un soldado moribundo al que acababa de dar la extremaunción, parecía rezar con las manos cubriéndose el rostro, o tal vez escondiendo la impotencia.
Bernabé podía verlo todo desde el lugar donde lo habían acostado; podía verlo y oírlo pese a que frecuentemente perdía la consciencia durante un tiempo y luego despertaba otra vez en aquella pesadilla. Había perdido mucha sangre y la herida todavía manaba tiñendo de rojo el vendaje.
El cura dejo de cavilar y al ver los ojos sin vida del muchacho al que acompañaba se los cerró y le hizo la señal de la cruz. Luego se incorporó pesadamente y avisó con un gesto a los camilleros. Después comenzó a andar ojeando a los soldados tumbados.
Bernabé lo veía acercarse con paso pausado y descubrió en los ojos de aquel sacerdote la mirada que nunca hubiera querido ver; la de la lástima más profunda.
Cerró los ojos para no verlo llegar, quiso huir de aquella pesadilla; volver a abrazar a Rocío, comer el guiso de mamá, vivir, gritar… Las palabras del sacerdote llegaban sin sentido hasta su tímpano, luego sólo un murmullo y después el silencio.
Cuando despertó, el cura ya no estaba allí.
En el pálido rostro de Bernabé se dibujo una dulce y triunfal sonrisa, pues había vencido a la muerte
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario