domingo, 16 de enero de 2011
El valor de tu presencia

Era un día muy frío de invierno, lluvia intensa. Su vista se perdía en el océano del espacio, contemplándolo desde el vacío de sus ojos. Acolchó su mejilla derecha sobre la mano.
Quedaba apartado del mundo, intentando recordar lo ocurrido. Solo necesitaba un poco de tranquilidad y sabría como poder continuar con todo. Un cigarro se consumía entre sus dedos.
Que difícil sería. Necesitaría de unos días, unas semanas de libertad para recapacitar. Quizás nunca se recuperaría pero, no quería llegar a la solución más sencilla. No quería acabar colgado bajo las ramas de un árbol, eso sería demasiado cobarde incluso para él.
Cada día le repetía lo mismo y no la escuchaba. Estaba muy ocupado con sus asuntos, y ella seguía repitiendo que algún día la perdería para siempre.
El recordaba la seguridad que tenía al afrontar ese asunto, todo saldría bien, lo tenía todo bajo control.
Pero llego aquel día que nunca debió llegar. Solo habían sido unas copas de más, o eso creía, hasta verla allí tendida en el suelo, sangrando. Le gritó que se levantara, que nunca más le haría aquello, que se entregaría el mismo a las autoridades si volvía a levantarse.
Empezó a entender todo lo que anteriormente le había dicho. Entendió que aquello a lo que agredía físicamente era toda su vida y sin ella yo no era nadie, era un simple tachón en una hoja en blanco.
Cuanto suplicó para que volviera a levantarse. Intento rogar por si había una fuerza superior ahí arriba le volviera a dar otra oportunidad. Pero sus palabras se perdían en el vacío, todo lo que conseguía emitir eran gemidos y sollozos.
Sus lágrimas mojaban todo el suelo. Desesperado se lanzó al piso y la abrazó muy fuerte pidiéndole que volviese.
Su rostro quedo enternecido al recordar aquella mirada tan dulce e inocente con la que le miró aquella primera vez. Se sonrojaron sus mejillas y sus ojos parecían morirse de vergüenza. Aquel día entendió que aquella chica era la mujer de su vida, esa que no le pertenecía, que no le merecía.
Cuanta inocencia reinaba en esos primeros días, meses. Que felices eran, todo era tan bonito! Estaban muy ilusionados, hablando de planes de futuro que llenarían sus vidas por completo. Se prometieron no fallarse nunca.
Pero que lejanos quedaban aquellos días, cuantos cambios se habían producido... Estalló de nuevo entre lágrimas y golpeó duramente la mesa...
De pronto, escuchó una voz muy suave a su alrededor... alguien susurraba dulcemente,
-Despierta dormilón-.
Sonrío de oreja a oreja y la abrazó. La besó con todo su amor y la miró muy seriamente. Le dijo que la quería mucho y que jamás le haría daño. Ella le dedicó una sonrisa muy dulce, que erizó todo su cuerpo.
No preguntó nada, solo le bastaba saber que la seguía queriendo de la misma manera que el día anterior.
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